Corta en pedazos las fresas, con exquisita precisión, con aquella que quizás había hecho que todo acabara.
Mezcla con sus manos la harina, dejándole impregnada sus manos de una cierta suavidad, quizás aquella que no supo transmitirle.
Con brío y con ganas, mezcla los ingredientes, quizás aquellas ganas que se dejo olvidadas en algún rincón del tiempo.
Añade un puñado de azúcar, que se queda pegado a sus dedos, como el aroma que desprendía cada noche al acercase a su nuca.
Vuelve a mezclar y mezclar, para que todo se compacte, para que no haya resquicio de fuga, para que no se vaya ningún sabor, aunque él ya no recuerde ni el suyo.
20 minutos de espera para saborear, igual que los 20 malditos minutos que tardo en despedirse de él..
Emplata y sirve con delicadeza, con la misma, con la que desenredaba sus piernas. Con tranquilidad, se deleita del único sabor que le recuerda a tiempos pasados, pensando en porque no fue capaz de hacer de su historia, LA MAS DULCE DE TODAS.


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